Cuando estamos tristes, y desesperanzados, y melancólicos, y simplemente queremos estar solos hay que buscar un rinconcito propio en el que estemos cómodos y nos sintamos protegidos.

Para muchos, un lugar así puede ser el regazo de su pareja, el hombro de un amigo, la barra de un bar o algún paraje natural con impresionantes vistas. Para mí el lugar no es importante. Sólo necesito la compañia de una persona amiga que me hable para sentirme reconfortado.

Prueba de ello es que el azar quiso que después de tomar algo en una cálida cervecería, nos desviamos unos cuantos kilómetros para ir a As Pontes a lo que yo anunciaba como un lugar adorable.

Allí bien provistos de tabaco y dolor emocional dimos un agradable paseo y compartimos temores y angustias. La angustia del desamor y el temor de tener un corazón vacío parecen menos cuando nos sentamos frente al río Eume, simplemente a verlo pasar, ajeno a nuestros pensamientos. Poco a poco el acompasado fluir del agua y su hipnótico sonido hacen que nosotros mismos seamos también ajenos a nuestros pensamientos. Nunca deja de fascinarme como el ensimismamiento que provoca por ejemplo contemplar un fuego o una cascada hace que dejemos de pensar para estar totalmente concentrados en nada.

Tras unas animosas charlas sobre lo subrealista de nuestra expedición, tras un buen rato de ensimismamiento y ya olvidado el motivo que nos llevó a As Pontes. Volvemos a nosotros mismos pero de un modo distinto. El temor y la angustia han desaparecido, al menos por hoy. Ya podemos dedicarnos a tomar algo y gastarnos nuestra pequeña fortuna en un último acto de alegría: Lavar el coche en “El Elefante Azul” y fumar la pipa de la paz espiritual en Fene.